Ansiedad
3/1/2022
5
min

Cómo sobrevivir a los conflictos familiares

¿Quién no ha estado involucrada en más de una discusión familiar? Es algo tan frecuente que seguramente se nos pasen por la cabeza frases como: “es normal, todas las familias discuten”, “no hay ninguna familia perfecta”, “los hermanos no siempre se llevan bien”, “los padres nunca te van a dar la razón”, “es la familia que te ha tocado, no puedes hacer nada”, etc.

En las familias, al igual que en el resto de ámbitos de nuestra vida, es inevitable que haya conflictos. A pesar de ello, a todo ser humano nos supone una experiencia desagradable y tendemos a evitarlos especialmente.

Sin embargo, si no se consiguen enfocar de forma adecuada, es posible que conlleven daños importantes en los vínculos establecidos, y sea inevitable, incluso, romperlos. Para evitar llegar a este punto, es importante la colaboración entre las partes enfrentadas; para que esta experiencia pueda convertirse, por contra, en una fuente de mejora y aprendizaje, y construir así una relación sana.

A pesar de poder venir de la misma familia, todos somos personas diferentes y tenemos unas “gafas para ver la realidad” distintas. Nuestras posiciones, intereses y necesidades no siempre van a coincidir con las del resto, aunque podamos compartir la misma sangre, y es muy probable que choquemos. ¿Cuántas veces nos habremos enfadado con nuestros padres por algo que ellos no comprenden? ¿En cuántas ocasiones habremos estado en desacuerdo en algo a pesar de ser hermanos?

Nuestra forma de pensar, sentir y actuar no tiene por qué ser la misma que la de los demás. Y en todos estos problemas familiares no podemos olvidar el papel fundamental que juegan nuestras emociones y sentimientos.

Desgraciadamente, en algunas familias se ha vuelto más común discutir que hablar las cosas. Estos enfrentamientos abren un abismo en el cual entender cómo se puede sentir el otro y aprender a ponernos en su lugar, se vuelve misión complicada. Es importante comprender qué es lo que puede haber detrás de cada problema familiar para poder encontrar así las herramientas necesarias para resolverlo.

Elementos que no debemos olvidar en cualquier conflicto

Dentro de todo conflicto podemos encontrar una parte visible y otra invisible. Para poder resolver cualquier conflicto debemos intentar quitar todas las capas superficiales hasta llegar a las más profundas. No basta con ver que el conflicto está presente, sino que hay que desentrañarlo. Para ello podemos pensar en los conflictos como si se tratasen de icebergs con tres niveles:

  • Las posiciones de las partes implicadas.

Podríamos interpretar este nivel como la parte más visible. Visualizamos la postura que adopta cada miembro (lo que pide y quiere cada uno). Normalmente, si se ha desencadenado un problema, es debido a que existe una incompatibilidad entre lo que quiere y pide cada miembro de la familia. 

  • Los intereses.

Este nivel podemos encontrarlo en la parte media del iceberg, y lo conforman aquellas razones que llevan a cada una de las partes a posicionarse en un punto u otro del conflicto. Para poder descubrir este apartado dentro del conflicto familiar, podemos preguntarnos por qué esa persona actúa desde su posición. Por ejemplo, ¿por qué mi padre quiere que me siga formando y yo quiero ponerme ya a trabajar? Es posible que mi padre quiera esta opción porque él no pudo formarse lo suficiente cuando tenía mi edad, y yo desee ponerme a trabajar para ganar dinero cuanto antes e independizarme. Haciendo esta reflexión, será más fácil encontrar un punto común donde ambos intereses puedan hablarse y llegar a encontrarse.

  • Las necesidades.

Consiste en el nivel más profundo del conflicto, donde encontramos las aspiraciones vitales que puede tener cualquier ser humano. Teniendo en cuenta que todos queremos cubrir nuestras necesidades básicas (de subsistencia, pertenencia, entendimiento, protección…), cuando surgen los problemas familiares puede ser útil preguntarnos qué necesidad no cubierta hay tras los intereses que motivan el conflicto; es decir, el para qué de éste. A raíz del ejemplo anterior, podríamos observar en el padre una necesidad de sentirse seguro respecto a la educación de su hijo, y en el hijo la necesidad de sobrevivir y valerse por sí mismo. Atendiendo a este nivel, podremos conseguir entender mejor cuál es la necesidad que está predominando en ese momento para cada persona.

¿Por qué son tan frecuentes los conflictos familiares?

Aunque pueden surgir problemas con terceros miembros de la familia que no se encuentren en el núcleo familiar, lo más común es que los conflictos se produzcan entre la pareja, entre hermanos, o entre padres e hijos. Es decir, con aquellos con los que pasamos más tiempo, convivimos y a quienes conocemos mejor. 

Tras todos estos conflictos podemos encontrar una serie de causas más comunes. Seguro que te sentirás identificado al leer alguno de ellos con alguno de ellos:  

  • Problemas a nivel económico:

El dinero se encuentra presente en la mayoría de las tomas de decisiones y, por tanto, va especialmente ligado a tensiones y dificultades. Es un tema que toca a los adultos pero también, ojo, a los menores, ya sea de manera directa o indirecta. Por ejemplo, la necesidad de un adolescente por sentirse integrado y hacer actividades de coste económico con sus amigos, puede chocar con la necesidad paterna de garantizar una seguridad a su familia en otros aspectos. Para evitar que los problemas familiares vayan relacionados con este punto es importante ser previsores y hacer conscientes a todos los miembros de la familia de los recursos reales de que se dispone.

  • Enfermedades/salud/duelo:

Normalmente cuando un miembro de la familia está enfermo, sobre todo si se trata de una enfermedad larga o de gravedad, encontramos cómo las tareas y funciones dentro de los roles familiares cambian. Para evitar la aparición de conflictos lo idóneo sería establecer claramente las responsabilidades de cada uno, y distribuirlas equitativamente para no sobrecargar a uno de los miembros. Si desgraciadamente ocurre la pérdida de un familiar, esto supone un impacto grave en la estructura familiar, y una mayor tendencia a sentir ira y frustración que puede descargarse en los demás. De igual forma puede haber otros duelos, como la pérdida de un trabajo o una relación. En cualquiera de los casos es necesario tomar tiempo, paciencia y establecer una buena comunicación entre los diferentes miembros para poder adaptarse a la nueva situación. 

  • Momento vital:

Partimos de la base de que cada miembro de la familia se encuentra en una etapa diferente, marcada por sus propias inquietudes y necesidades. Esto puede suponer un foco de enfrentamiento. Un claro ejemplo de ello es la etapa de la adolescencia, cuando se acentúan los conflictos entre padres e hijos; o bien cuando los padres se encuentran en transición hacia la vejez y luchan contra la evidente necesidad de recibir ayuda por parte de otros. Ante todo es esencial respetar el momento vital en el que se encuentra cada miembro, e intentar entender el cambio que está sufriendo desde la empatía.

  • Confusión de los roles familiares:

Para que puedan darse relaciones sanas dentro de la familia, es necesario estructurar este sistema en función de unos roles y unas figuras de autoridad. Es frecuente que cuando no existe una distinción del papel que debe asumir cada miembro, surjan malentendidos, confusiones y tensiones sin una causa evidente. Seguro que en alguna ocasión todos hemos visto cómo un hijo daba una orden a un padre, o bien cómo un padre demandaba al hijo asumir tareas de mayor responsabilidad de la que le corresponde. Cada uno de estos roles también le aporta a los miembros un lugar dentro de la familia y un marco de seguridad para actuar. Pero cuando los roles están confusos o intercambiados, el entendimiento se complica.

  • Problemas familiares del pasado sin resolver:

Si a un problema familiar no se le puso solución en su momento, seguramente siga creando una tensión o un resentimiento latentes. Los conflictos no se pueden esconder bajo la alfombra y esperar que no salgan a la luz en un futuro. No podemos pasar por alto los sentimientos que nos generan ya que corremos el riesgo de que se “hagan bola” y provoquen un problema aún mayor. Para poder construir una relación sana en el entorno familiar, es importante ir resolviendo los conflictos a medida que se vayan desarrollando.

  • Dificultades externas:

En ocasiones también puede suceder que el conflicto no se haya originado dentro de la familia y que haya sucedido en el entorno que la rodea. Los problemas del trabajo, o del colegio, el disgusto por una multa, una discusión con un amigo… podemos pagarlos con la familia aunque no tengan la culpa. Es difícil que la persona que lo está sufriendo encuentre la causa, y desde esa posición es complicado resolver el conflicto. En estas ocasiones lo más importante es armarse de paciencia y de una buena comunicación asertiva para que sea el otro quien reconozca cuál es el conflicto real que le está afectando.

Cómo mediar en un conflicto familiar 

Es importante que distingamos cuál es el objetivo que busca cada una de las partes, y la importancia del vínculo entre estas personas. Cuando restamos relevancia al vínculo e imponemos la consecución de los objetivos personales, caemos en estrategias como la competición, la acomodación (sumisión a lo que el otro quiere) o la evitación. Y estas, en el entorno familiar, son estrategias a evitar debido a la gran importancia que cobra aquí el poder preservar unos vínculos afectivos sanos.

En cambio, hay dos tipos de actuación en los cuales sí que es conveniente apoyarnos si queremos resolver los problemas que pueden surgir dentro del núcleo familiar, y que tienen en cuenta tanto la importancia de los objetivos de los involucrados como el vínculo que les une:

  • El compromiso.

No se trata de una solución final, ya que es un acuerdo parcial que intenta encontrar la satisfacción de todas las partes. Suele consistir en una solución temporal que más adelante habrá que mejorar. 

  • La colaboración.

Persigue la búsqueda de una solución entre los implicados que integre los intereses de las dos partes, de modo que ambos puedan ganar. Es cierto que no siempre es sencillo alcanzar este plan de actuación. Para ello es necesario una implicación de todas las personas, para poder entender las necesidades de todos sin prevalecer únicamente las de uno mismo. Además, podemos tener en cuenta una serie de consejos para poder llegar a un estado de negociación y colaboración dentro de la familia:

  • Aceptar la posición, interés y necesidad de la otra parte.

Cuando respetas el punto de vista del otro, aunque no lo comprendas, estarás evitando enfrentarte a él, y la comunicación podrá ser más asertiva. Para ello es conveniente separar a la persona del problema, entender por qué está en desacuerdo, cómo lo está viviendo, qué siente y qué necesita; todo ello desde una posición de escucha y reflexión sin juicio negativo. Ello no implica que te olvides de tus necesidades y de establecer los límites adecuados para proteger también tus derechos.

  • Escuchar a cada una de las partes implicadas, incluso a nosotros mismos.

Debes evitar interrumpir a la otra persona mientras esté hablando, aunque no estés conforme con lo que dice y tengas que tener paciencia. El objetivo es asegurar que entiendes lo que está diciendo el otro y solventar todas tus dudas, aunque no compartas su punto de vista.

  • “Hacer de espejo”.

Si consigues hablar de forma clara y razonable con el otro, mostrando tranquilidad y una escucha activa, es muy probable que la otra persona rebaje sus niveles de tensión por un mero fenómeno de empatía e imitación. ¿Te ha  pasado alguna vez que al hablar con otra persona enfadada has terminado contagiado de esa emoción? De la misma forma puede suceder para transmitir calma y crear un entorno desde el que poder hablar. 

  • No buscar tener la razón.

Intenta pensar que el objetivo es encontrar una solución común, no que la otra persona termine dándonos la razón, ya que como hemos visto hay que considerar la importancia del vínculo. Comunica tu visión del problema de forma clara y honesta. Recuerda que las otras personas implicadas no están obligadas a pensar lo mismo que tú ni a estar de acuerdo en todo. 

  • Mostrar afecto.

Cuando estamos inmersos en una discusión familiar, es probable que olvidemos que nos estamos comunicando con alguien que nos importa mucho, y este es un vínculo que no queremos estropear. Por ello es esencial dominar la expresión de tus emociones más negativas, e intentar transmitir que más allá del conflicto, el afecto y el cariño prevalecen. 

  • Implicarse y aportar soluciones.

Si consideramos que merece la pena resolver el problema, es importante aportar todas las soluciones posibles, negociarlas y comprometerse a llevar a cabo la solución convenida. Se puede proponer realizar una especie de contrato informal en papel, si lo vemos necesario y nos ayuda a permanecer adheridos a este compromiso.

  • Buscar un momento y lugar adecuado.

Si sientes que estás muy enfadado, u otro de los involucrados, es bueno sobreponerse al impulso de querer resolver el conflicto ya y tomarse un tiempo fuera de la situación para poder calmarse. La discusión puede retomarse en otro momento con una cabeza más fría. 

  • Utilizar la figura de un mediador.

Hay circunstancias en las cuales estamos tan afectados por la situación y la importancia que tiene esa relación para nosotros, que no somos capaces de ver con claridad. En estos casos es recomendable buscar una tercera persona ajena al conflicto e imparcial con cada una de las partes, que pueda mediar para conseguir encontrar un punto común. 

Los vínculos familiares son los primeros que creamos desde que nacemos. Por ello son una fuente esencial de aprendizaje de cara a poder construir relaciones futuras sanas. En ocasiones, necesitamos desaprender lo aprendido para poder restaurar estos vínculos o para aprender nuevas formas de relacionarnos. Pero no hay que olvidar que no todo está en nuestras manos y que no podemos controlar cómo otros piensan, sienten y actúan. La resolución de un conflicto no depende sólo de uno mismo, sino de todos los implicados. Por eso es muy conveniente la terapia familiar. Pero si, de manera reiterada, las otras partes no se muestran colaboradoras, lo mejor es que pongas tu bienestar por encima de todo.

En Therapyside encontrarás profesionales que te pueden ayudar a trabajar tus herramientas para poder resolver conflictos familiares.

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